Arrastrando los pies, me dirijo a la cúspide y siento la inclinación en sus plantas.
Musgo, jugos del suelo que se filtran hacia arriba. Cae la tarde, cae el sol.
Las latas se me clavan en la espalda, la botella vacía solo consigue hacerme recordar el bocadillo de anchoas que no debería haber comido.
Las rocas se vuelven áridas, secas, blancas. El paisaje cambia del mismo modo que la tarde se convierte en noche, poco a poco, pero a paso tan seguro que no se puede dudar de su avance.
Un juego de luces, una sombra de nube color carmín que se difumina hasta el negro.
La cabeza me da vueltas, se empieza a hacer patente la falta de agua.
Cabalgo los minutos que me separan del alba, a la que espero con impaciencia.
Me despertaré en el sueño, atrapado por las redes de Morfeo. Lo pienso mientras saboreo la juanola y echo de menos ese agua.
Agua, líquido sempiterno que nos ablanda la piel, nos acaricia el cuerpo y nos induce a volar en su interior.
Cimas
divendres, 24 d’abril del 2009 | Publicat per Unknown a 9:43
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